Zenda. Concurso de relatos: #elveranodemivida

Mi verano inglés

Pollera tubo negra, camisa gris y pelo oscuro recogido. Así se ve la secretaria que saluda mamá. Nos pregunta si queremos un poco de agua mirando hacia una puerta metálica que está a medio abrir. Dudo por un momento, pero me intriga lo que pueda haber detrás de esa puerta así que respondo que está bien, que tengo sed.

Entramos y, para nuestra sorpresa, están los actores almorzando. Tienen puesto su disfraz. Seguimos hacia el fondo y la secretaria nos sirve un vaso de agua a cada una mientras nos pregunta cómo estuvo el ensayo de la obra. Las dos hablamos inglés porque mi abuelo era inglés y le respondemos que nunca vimos ópera en vivo y, por lo tanto, tuvo su impacto; que tal vez nos habría gustado más ver algo de Shakespeare ya que estamos en El Globo. Ni siquiera sabíamos que daban obras de otros autores en un lugar tan emblemático. Mamá le comenta que va a tener que tarjetear para saldar la deuda que contrajo con este teatro hace unos meses, y la otra le informa que ese es un trámite más complicado, que tienen que ir a hacerlo a otra parte. «¿Te quedás acá mientras tanto?», pregunta mamá, porque me conoce. Y yo, «Bueeno» como quien no quiere la cosa.

Se va con la secretaria a efectuar el pago y me siento a la mesa y miro el techo mientras los señores y señoras de vestiduras isabelinas conversan animosamente y se deleitan con triples de pepino. Yo me termino el agua mientras miro qué lindos son los cuadros abstractos. Estoy con un vestido violeta veraniego de escote en v y unas sandalias blancas. Un morocho alto, de unos treinta años, me pregunta si quiero probar algo de la comida. No, gracias. Como una dama inglesa. Aunque estoy transpirando. Se presentan y me presento. Me entero de que el alto se llama Stephen y lo suyo más que la actuación es la ópera. Conversamos sobre el clima y lo raro que es que haya habido cuatro días seguidos de treinta grados en Londres. También me habla bastante uno bajito que se llama Peter, que tiene un sentido del humor que no es muy inglés pero que da gracia. «Me parece que en este momento hay algo en el teatro. ¿Querés ir para allá?», propone Stephen. Asiento y con Peter me escoltan hasta las gradas. Me sorprende que no tengan una regla que les impida interactuar con las personas que asisten al teatro.

Nos sentamos. Somos una isla de tres personas y a unos cuantos metros nuestros, está la guía turística acompañada por los fieles. Pensar que hace dos minutos yo formaba parte de ese grupo. Me hace acordar a la película La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen. Ahí los personajes salen de la pantalla, acá se bajan del escenario. Stephen me explica que eso que vemos ahí abajo es un deporte antiquísimo, que data de antes de la reina Elizabeth I. Conversamos un rato hasta que Peter se va porque tiene asuntos importantes que atender. Miro el cielo descubierto y brillante.

Le cuento a Stephen cómo va el viaje, con mamá llegamos hace tres días. Me mira con cara de que soy muy joven. Tengo veinte años pero me siento más chica. Me sostiene la mirada unos segundos más cuando termino de hablar. Volvemos a la cocina para que mamá no se asuste al ver que me evaporé. Y sí, ahí está. De pie al lado de la puerta conversando con la secretaria. «Despedite tranquila», me dice mamá. Stephen y yo vamos para la cocina para decirnos unas últimas palabras sin la mirada de nadie. Me pasa su contacto y con un apretón de manos me dice: «No te lleves el sol para la Argentina». Y ese momento se me impregna de una manera casi surrealista. Imagino que la misma luz que ilumina esa cocina me ilumina diez años más tarde cuando estoy en una oficina trabajando y miro por la ventana.

Tal vez podamos seguir hablando y yo me queje de mis desamores y él me diga muy amablemente que todos traicionan para que Shakespeare cobre sentido. Subo la escalinata sin demasiado apuro y sigo adelante con la difícil tarea de salir del lugar, de darle un cierre definitivo a la excursión. Cuando me volteo, me encuentro con su mirada detrás del vidrio de la puerta. Yo lo miro detrás del vidrio de la ventanilla del taxi. Pero estamos tan cerca.

Publicado por Denise Griffith

Escritora y editora argentina miembro de PEN internacional. Traductora literaria y técnico-científica graduada del IES en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández". Publicó el poemario "Carencia" con Editorial Liberoamérica en 2019. Trabajó en el Ateneo Grand Splendid (una de las librerías más hermosas del mundo). Colaboró en diversas revistas digitales. Contacto: griffith.denise.03@gmail.com Instagram: @d.e.grifith

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